Le dejé un libro a mi hijo. Error de cálculo.
Cómo un libro de autoayuda me disparó la carga mental un martes por la tarde.
Pues nada, ya está hecho. El jueves pasado presenté mi libro Mujer Pluma. Una biblioteca, unas sillas, mi familia en modo apoyo e Izaskun Albéniz de cicerone. Cuando nos encontramos antes de la presentación, le dije:
—Izaskun, yo hablo muuuuucho. Necesitamos una señal que puedas hacerme, así sutilmente, cuando veas que he pillado carrerilla para que me dé cuenta y vaya cerrando. ¿Qué tal tocarte las gafas?
Me hizo cinco preguntas. La presentación duró una hora. ¿Cuántas veces se tocó las gafas?
Cero.
Juzga tú misma.
Pero eso no es lo que quería contarte hoy.
Esa misma semana, un par de días antes, mi hijo se quedó sin libros para leer. Rebusqué en mi biblioteca a ver qué podía dejarle y, entre novelas con pasajes que necesitan más de doce años y algo de estoicismo vital, el único que vi claro fue El caballero de la armadura oxidada. Un clásico de autoayuda disfrazado de cuento medieval. Pensé: perfecto, no solo lee una historia, sino que aprende algo de camino.
2x1, titi.
Lo terminó en dos ratos. Me dijo que le había encantado. Y yo felissss de la vida.
Hasta que bajando a música me soltó la bomba: quería hacerse vegano.
Espera, ¡¿qué?!
—Porque en el libro el caballero se da cuenta de que se está comiendo a sus amigos, los animales. Y claro, tiene razón, no es justo para ellos, ama, que hay que matarlos para comerlos, pobrecillos…
Momento en que el universo decide que tu martes necesitaba más emoción. Por lo visto presentar un libro y sobrevivir a ello era demasiado poco para una sola semana.
Oh, joder…
Spoiler: en el libro, el caballero acaba dejando de comer carne porque se da cuenta de que los animales son sus compañeros de viaje.
Mi primera reacción no fue ni curiosidad ni orgullo. Fue un colapso logístico instantáneo.
Mi cabeza directamente saltó a: diossssssssss, si ahora se niega a comer nada animal ¿qué le hago de comer? ¿Cómo organizo esto con mi agenda? ¿Se puede llevar una dieta vegana equilibrada a esa edad? ¿Cuántas proteínas necesita? Madre mía, madre mía, madre míaaaaa, esto me complica sobremanera los menús. ¡Pero si no le gusta el tofu!
Todo eso mientras él me miraba esperando una respuesta y yo asentía con cara de persona que escucha pero que en realidad ya lleva tres minutos reorganizando la nevera mentalmente.
Eso, por si no lo sabías, tiene nombre. Se llama carga mental. Y es ese software pesadísimo que corre en segundo plano consumiendo toda la RAM de tu cerebro mientras intentas estar presente en tu propia vida.
Tu cabeza ha aprendido a anticipar, coordinar y resolver antes de que nadie le pregunte nada. Y cuando llega una información nueva — da igual si es "quiero ser vegano" o "el jueves hay reunión de padres" — en lugar de procesarla como un dato, la convierte automáticamente en una lista de tareas pendientes.
El problema no fue el veganismo. El problema fue que un momento real y de conexión con mi hijo se transformó en una junta de emergencia de mi cerebro porque ya estaba gestionando las consecuencias antes de que él terminara la frase.
Mi cabeza está tan llena de cosas y tareas que hacer, que cuando aparece una nueva entra en pánico antes de que yo haya procesado si me importa.
No sé qué me pesa más, si las mancuernas en crossfit o la lista de tareas del día a día. Mentira. Sí lo sé y la respuesta no me gusta un pelo.
Hay tres señales de que la carga mental te ha secuestrado antes de que te des cuenta
— Tu primera reacción ante una novedad es logística, no emocional.
— Estás físicamente en un sitio pero mentalmente ya estás en el siguiente problema.
— Acabas la conversación y no recuerdas bien qué te dijo la otra persona porque estabas procesando las implicaciones.
¿Te suena alguna? Porque a mí me sonaron las tres. A la vez. Hace no tanto, ni me habría dado cuenta. Ahora sí.
La Filosofía Pluma arranca justo aquí. No en el método, no en el sistema, no en la lista de cosas a delegar. Arranca en ver el mecanismo. Porque no puedes soltar lo que no ves que estás cargando.
Y verlo ya es algo. Porque si lo piensas, ¿cuántos momentos reales se te habrán colado entre los dedos mientras gestionabas consecuencias que todavía no habían pasado?
¿Cuántas conversaciones has tenido esta semana en las que tu cabeza estaba realmente ahí?
No hace falta que la respondas aquí ni ahora. Pero guárdatela. Porque las preguntas que incomodan un poco son las únicas que de verdad sirven para algo, aunque ahora mismo prefieres no mirarla demasiado de frente.
Por cierto, llegando a la escuela de música le pregunté a mi hijo si estaba seguro de lo del veganismo.
Me dijo que iba a pensarlo.
Yo solo deslicé sutilmente la idea de que los veganos no pueden comer las comidas que más le gustan a él.
No sé de qué me hablas, yo solo estaba informando.
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