Salir de tu zona de confort, o cómo meterte cada vez en más berenjenales
La historia de cómo me complico la vida voluntariamente
Mi amiga Mariajo tiene una forma de describir ciertas sensaciones que me deja sin palabras.
La última vez que le conté cómo me siento a veces en según qué situaciones, me dijo esto:
“Es como ser un gajo de mandarina intentando encajar en una cabeza de ajos.”
Me reí. Y luego me quedé callada. Porque era exactamente eso.
Un gajo de mandarina intentando encajar en una cabeza de ajos
Llevo sintiendo eso desde siempre.
No es solo que me cueste entrar en sitios nuevos. Es algo más de fondo. A veces siento que voy a contracorriente. Que pienso distinto, que me muevo distinto, que lo que le importa a la mayoría no me importa a mí y viceversa. La rara de la cuadrilla, vamos.
Y claro, cuando llevas toda la vida sintiéndote así, entrar en un sitio nuevo se convierte en algo mucho más cargado de lo que debería. Porque no es solo “no conozco a nadie”. Es “¿aquí también voy a ser el gajo de mandarina?”.
Cada vez que he entrado en un sitio nuevo — el insti, la uni, cada trabajo — hay un momento en el que me siento completamente fuera de lugar. Como si todo el mundo supiera algo que yo no sé. Como si hubiera un manual de instrucciones y a mí no me hubiera llegado la copia.
Entro. Observo. Me quedo en un lado. Hablo poco.
Y luego, si me das confianza, me abro rápido. Pero entrar... entrar me cuesta una barbaridad.
Lo llevo trabajando años. Y el cabrón no cede del todo.
Porque cuando entras en un sitio nuevo, no puedes entrar invisible. Tienes que mostrarte. Y mostrarte es exponerte. Y exponerse es arriesgado: si te ven, te pueden juzgar. Si te juzgan, puedes fallar. Y fallar, para alguien que ha crecido con el listón donde yo lo he tenido, no es una opción neutral.
Exponerse es dar munición. Lo aprendí. Alguien, en algún momento, me enseñó que mostrarse tiene un coste. Y mi sistema lo grabó a fuego.
Resulta que el patrón se repite. Con y sin kettlebells
El crossfit me lo está recordando cada semana.
Si no sabes de qué hablo, lee el post anterior, que tiene su historia.
Últimamente hablo tanto del crossfit porque me parece una metáfora bastante literal de mi vida. Zapatillas, mallas y, cara de “un burpee más y me desmonto como un lego”.
La verdad, es que llevo una temporada retándome a hacer cosas que me incomodan aunque el sistema interno me pida a gritos que salga corriendo. Más de un día me lo pregunto en la cama: “¿Qué necesidad, Carol?” Aún no he encontrado respuesta y no sé si echarme a reír o hacerle caso y correr hasta que llegue a Bali.
En fin, entrar al box ha sido una de esas cosas.
Y la presentación del libro Mujer Pluma es otro claro ejemplo de ello.
Pasado mañana presento el libro. Quién me manda
A las 19h en la Biblioteca de Burlada.
Y llevaba días sin saber muy bien cómo estaba con eso. Nerviosa no lo describía del todo. Era otra cosa.
Se lo conté a Claude, literalmente, porque es lo que hago cuando no entiendo algo que me está pasando. Le solté todo el paquete: el vértigo, el patrón de siempre, el miedo a que no vaya nadie, la pregunta existencial de quién me manda meterme en estos berenjenales…
Y me ayudó a verlo claro.
El libro lo escribí para mí. Sin expectativas. Sin pensar en si gustaría o no. Ha sido lo único en toda mi vida que he hecho completamente sin la presión del qué dirán. Y eso me salvó del perfeccionismo, de la autoexigencia, de la parálisis.
Pero una presentación es otra cosa.
Una presentación es decir: aquí estoy yo, esto he hecho, miradme.
Y eso, para una que lleva desde los 6 años intentando no llamar demasiado la atención, es un salto que da bastante vértigo. Con micrófono. Con gente mirando. Y sin posibilidad de escabullirse por la puerta de atrás.
La Filosofía Pluma no quita el vértigo. Pero ayuda a cargarlo
Desde hace un tiempo, cuando algo me inquieta, intento mirarlo desde el prisma de la Pluma.
No como ejercicio intelectual. Sino porque me ayuda a distinguir qué es qué. A ver si lo que habla es el látigo de siempre dándome coba. A reconocer si es el síndrome de la niña buena el que tiene la voz o soy yo. A preguntarme si lo que siento es mío de verdad o es un mandato que llevo tan integrado que ya ni lo distingo del mobiliario.
Con la presentación ha sido igual.
El vértigo sigue ahí. Pero cuando lo miro desde ese ángulo, deja de pesar tanto. Y eso, para una que lleva toda la vida cargando con el látigo encima, ya es bastante.
Vamos a ver qué pasa el jueves cuando el gajo de mandarina agarre el micro
Si estás en Pamplona o alrededores y te apetece acompañarme, me encantaría verte por allí. Tengo a Izaskun Albéniz de compañera, que sin ella esto no habría llegado a organizarse.
📅 Jueves 14 de mayo, 19h
📍 Biblioteca de Burlada
Y si no puedes venir pero tienes curiosidad sobre qué hay dentro del libro, lo tienes en Amazon:
→ Ebook: 9,99€
→ Tapa blanda (485 páginas): 17,90€
¿Tú también eres un gajo de mandarina en algún área de tu vida? Cuéntame.
Y si quieres seguir leyendo estas cosas, aquí abajo está el botón. Que no muerde.


Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack?
Una pena que no presentes el libro en Tenerife.